| ANATOMIA (texto) |
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Anatomía es un texto breve escrito por Susana Sánchez a pedido de Adolfo Simón para la serie de representaciones breves que convocó en GRITA TENGO SIDA, el día 1 de diciembre de 2005 con motivo de la lucha contra el SIDA y la descriminación de sus enfermos. El texto es un monólogo de una mujer que fue interpretado por Chusa Bermejo en las escaleras de la Biblioteca Nacional de Madrid. Está publicado en el volumen GRITA TENGO SIDA publicado por la Universidad Complutense de Madrid.
Anatomía de SUSANA SÁNCHEZ ESCRITA Y ESTRENADA A PROPÓSITO DEL DÍA INTERNACIONAL CONTRA EL SIDA BIBLIOTECA NACIONAL DE MADRID 1 DICIEMBRE 2005 MADRID Durante toda la escena una mujer blanca con pancreatitis juega con un juego de anatomía desmontable que incluye un esqueleto, los órganos vitales y un caparazón de músculos. y hacíamos el amor como si folláramos. Es imposible explicarlo con palabras. El primo Andrés, vivía con su madre, mi tía Rosalía una mujer extraordinaria, con una salud de hierro. Nunca llamaba por teléfono. Una mujer muy fuerte y muy independiente. Pero un día mi tía Rosalía se escurrió en la bañera, y mi primo Andrés olvidó tomar sus pastillitas, las de color rojo, que eran sus preferidas. Entonces las voces le hablaron en voz alta. Mientras su mamá llevaba una semana encerrada en el baño, mi primo Andrés salió de la casa, se cruzó con un vecino, llegó a la calle, entró al mercado, compró un lenguado. Dos horas más tarde, el primo Andrés, estranguló a otro vecino en el descansillo del segundo piso. La policía le encontró tranquilo, sentado a la mesa, con el babero puesto, terminando de rebañar la raspa de su pescado favorito. Víctor y yo fuimos muy felices los dos primeros años. Le hacíamos nudos a la sábana de arriba para no desarmar la cama por los pies, pero estábamos demasiado salidos. Compramos un edredón de plumas para volar más calientes todavía. De puro vicio íbamos a por el niño, pero un día Víctor, se sintió mal, nada grave, mal de una bajada de tensión, una ligera anemia, un dolor de cabeza, estrés. Algo de alguien de treinta y dos años. Sinusitis es el nombre de una momia de papel higiénico con la que jugaba de pequeña. Se le ocurrió a la nariz de mi padre. Sinusitis le obligaba a dormir la siesta en cualquier momento y a arrugar el ceño hasta altas horas de la madrugada. La sinusitis de papá vino acompañada de la peste de los faraones: el dolor de cabeza se extendió por todo su cuerpo hasta transformarse en un tumor de colon, galopante, fulminante. Enterramos a mi padre entre verdaderas blasfemias egiptocatólicas. Fue muy gracioso. Lo de Víctor era de verdad sólo una falta de hierro. Pero el análisis descubrió algo más. Víctor tenía sida. Bueno, no, sida no, ahora hay mucha información y todos hablamos como cirujanos: Víctor era seropositivo. Me hicieron el análisis a toda prisa, deseé profundamente compartirlo todo. Pero tuve mala suerte: mi examen dio negativo. Mi abuela Leonarda fumaba tranquilamente tres paquetes al día. De negro. Olía como una aspiradora quemada y a pesar de eso todos los nietos nos peleábamos por beber a morro de su botella de gaseosa. Mi abuela Leonarda luchó por conseguir el efisema pulmonar que le correspondía por méritos. Entre bosques de oxígeno embotellado, mi abuela cambiaba ella sola el viejo colchón de muelles por otro algo mejor que había heredado de la tragedia de Rosalía. No hacía ni caso a sus hijas: tenía ochenta años y se subía sola a la silla para cambiar las cortinas. Necesitaba un audífono, un bastón y una operación de cataratas, pero prefería una lupa rajada, apoyarse en las paredes y no escuchar a nadie. Mi abuela Leonarda deseaba asfixiarse ya de una puta vez por todas porque estaba harta de ordenar las medicinas por orden cronológico. Se moría de ganas de morirse. Mi abuela Leonarda conseguía todo lo que se proponía. Víctor se puso furioso. No un día. Se enfado para toda la vida. Ya no había niño que tener. No quería tocarme. Yo quería cogerle por los cojones, como antes, y él me empujó hasta sacarme de la habitación. El miedo nos estaba matando. Para mí sólo existía él y para él sólo existía el sida. No se lo dijimos a nadie. Mi madre era la mujer más guapa del mundo. Como todas las madres, pero esta era la mía. Mi madre nunca se lavó los dientes y no tenía una sola caries. No hacía gimnasia pero estaba en forma de tanto subir el carro de la compra escaleras arriba cuatro pisos sin ascensor. Compartía la sinusitis de mi padre en forma de condescendencia y a ella nunca le dolía nada. Hasta que el riñón derecho dijo que no, y se lo sacaron de urgencia. Luego el otro tampoco funcionaba. Querían ponerle uno nuevo, pero no había de su talla. La diálisis le servía de entretenimiento. Hay quien va a yoga. Mi madre tenía muchas amigas en la diálisis. No era ningún trauma, sólo una casilla del horario. Así sigue. Yo quería hacer el amor con Víctor sin condón. Porque hacer el amor con condón es como follar con un desconocido. Churchill tenía razón: la democracia es el menos malo de los sistemas. Pero yo no tenía nada que razonar. ¡Quiero follar contigo como siempre! (Pausa.) Víctor no quería contagiarme. Mi tío Nerón jugaba conmigo al balón. Tenía los ojos grises porque era minero. Por culpa de una fuga de gas se quedó ciego. Entonces le entraron unas ganas enormes de leer, de pintar, de coser y de ver la televisión. Le quedó una pensión de mil euros para gastar a oscuras el resto de su vida. Víctor me dejó sola porque quería estar solo. “Me tienen que abrir la piel”. Eso dijo. No le entendí. (Pausa.) A escondidas me contagié y corrí a decírselo para follar a toda prisa. Le encontré. (Pausa.) Cuando volví a verle no estaba bien. Víctor estaba muy enfermo. Una cirrosis se lo comía. ¿No estaban descubriendo una vacuna? A mi hermano Abel se le picaron todas las muelas. No ha salido a mi madre obviamente. Chocolate y tornillos en la mandíbula. Ahora tiene una sonrisa perfecta. ¿Recuerdan que hace al menos doce años dijeron por la tele que se había descubierto la vacuna de la caries? Luego nunca más se volvió a hablar del asunto. Mi tío Claudio es dentista. No le gusta hablar de ese tema, prefiere contarnos lo de su úlcera de estómago. ¿Qué diferencia hay entre un virus y una bacteria? A pesar de su aspecto Víctor estaba en paz. Me preguntó si yo estaba bien. (Pausa.) Le dije que sí. (Pausa.) Me beso (Pausa.) Sabía a (pausa) los besos de antes. (Pausa) Sólo hubo un beso. Luego le quedaron tres meses de cama. A nadie le gustan los hospitales. Pero él estaba feliz. No le dije lo mío. Estuve a su lado cuando murió. (Pausa.) Antes de conocer a Víctor viví con dos amigas: Alma y Blanca. Alma es abogada y empezaba a ganar mucho dinero. Blanca es camarera y se partía el espinazo por un sueldo de mierda. Alma es muy desordenada y nunca se acordaba de las cosas para la casa. Blanca es muy previsora y siempre tenía preparada pasta de dientes de repuesto. Desde los diecinueve años Alma padece colitis ulcerosa y sufre de diarrea periódicamente. De toda la vida Blanca es estreñida y a veces pasaba hasta cinco o seis días sin ir al baño, con la tripa hinchada y el humor de perros. Cuando el séptimo día Blanca conseguía cagar, no quedaba papel higiénico porque Alma, que nunca compraba, había terminado los doce rollos que Blanca compró ayer. Un día las gallinas se pelearon a picotazos y nunca más volvieron a hablarse. Alma se compró un piso en el centro y Blanca aún le debe treinta años al banco. No he desarrollado la enfermedad. Han pasado diez años. Los médicos dicen que estoy perfectamente sana. Pero es mentira. A veces me duelen las muelas, la sinusitis, la caída, la esquizofrenia, la ceguera, la diarrea, el riñón, la memoria, el tiempo, Víctor. (Pausa) Pero estoy bien. Como todo el mundo. Por cierto, ¿alguien sabe dónde queda el páncreas? |
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